Casas astrales: Casa VIII

Como es la opuesta a la segunda que es la Casa de ‘mis valores’; a esta se la llama generalmente ‘la Casa de los valores de los otros’; y sugiere como nos va desde el punto de vista financiero, en el matrimonio, las herencias, o las sociedades de negocios. Sin embargo es mucho más que el dinero ajeno, describe ‘aquello que se comparte’, y la forma en que nos fundimos o unimos con los otros. En cuanto elabora y expande lo que ha comenzado en la séptima, lo que sucede cuando dos personas – cada una de ellas con su propio temperamento, sus recursos, sus sistema de valores, sus necesidades y su reloj biológico – intentan unirse. A la Casa octava, asociada naturalmente con Plutón y con Escorpio, se la llama también ‘la Casa del sexo, la muerte y la regeneración’. Relacionarse profundamente con otra persona lleva consigo una especie de muerte, el aflojamiento y la destrucción de las fronteras del ego y de la intrincada identidad. La muerte en cuanto ‘yo’ separado, nos lleva a reconocer como ‘nosotros’. Las relaciones son los catalizadores del cambio y esta Casa limpia y regenera, atrayendo a la superficie problemas que quedaron sin resolver en relaciones anteriores, especialmente problemas de vinculación con la madre y el padre (estas primeras relaciones son las más cargadas y nuestra supervivencia depende de ellas). Nacemos como víctimas potenciales, a menos contemos con el amor y la protección de alguien más grande y más hábil que nosotros; por eso la perdida del amor de una madre no significa sólo una perdida, podría significar el abandono y la muerte. Muchos seguimos proyectando esas mismas preocupaciones infantiles en nuestras relaciones posteriores, y esto volverá a despertar los miedos primarios a la perdida del objeto amoroso originario.
Es frecuente escuchar decir: ‘no puedo vivir sin ti, si me dejas me moriré’. Por eso al poner al descubierto estos miedos no resueltos, las tribulaciones de la Casa VIII nos ayudan a dejar atrás actitudes que, por obsoletas nos estorban. No toda pareja que tengamos es nuestra madre. Como las primeras vivencias dejan una impronta tan profunda, todo llevamos también un ‘infante rabioso’ (al que la madre no ha interpretado ni satisfecho plenamente sus necesidades); y por eso cuando nuestra pareja actual nos frustra de alguna manera, es probable que el pequeño chillón vuelva a despertarse. Aquí también vemos nuestra herencia instintiva primordial, aquello que está en las profundidades de nuestro ser : la envidia, la codicia, los celos, la rabia, las pasiones que bullen, la necesidad de poder y dominio, y también las fantasías destructivas que pueden estar al acecho ocultas tras la más gentil de las fachadas. Sólo si reconocemos y aceptamos ‘la bestia’ que hay en nosotros tendremos la posibilidad de transformarla.
La Casa denota también nuestra relación con lo que los filósofos esotéricos llaman el Plano Astral, el tipo particular de energías que aletean en este ámbito y a las cuales somos más sensibles. La muerte, tal como lo demuestran los emplazamientos en la Casa octava, se puede tomar en sentido literal, como la manera o las circunstancias atenuantes de nuestra muerte física. En el lapso de un solo término vital podemos experimentar muchas muertes psicológicas diferentes. La forma puede ser destruida pero la esencia permanece lista para volver a florecer en alguna otra forma. Goethe escribió: ‘En tanto que no mueras y vuelvas a levantarte / Eres un extraño en la oscura tierra’. Bien lo sabe, en algún nivel profundo, cualquiera que haya sobrevivido a los traumas y tensiones de la octava Casa.